Cuentos para jugar, de Gianni Rodari

Gianni Rodari nació en Omegna, Piamonte en 1920. Maestro, periodista y divulgador de la nueva pedagogÃa en Italia, empezó a escribir para niños en 1950.
La obra que nos ocupa está compuesta por 20 cuentos y cada uno tiene tres finales, a escoger. La idea es que el lector lea, piense y si no encuentra un final a su gusto puede inventarlo, escribirlo o dibujarlo por sà mismo.
Como muestra, he escogido el titulado ‘El perro que no sabÃa ladrar’:
“HabÃa una vez un perro que no sabÃa ladrar. No ladraba, no maullaba, no mugÃa, no relinchaba, no sabÃa decir nada. Era un perrillo solitario, a saber cómo habÃa caÃdo en una región sin perros. Por él no se habrÃa dado cuenta de que le faltara algo. Los otros eran los que se lo hacÃan notar. Le decÃan:
-¿Pero tú no ladras?
-No sé… soy forastero…
-Vaya una contestación. ¿No sabes que los perros ladran?
-¿Para qué?
-Ladran porque son perros. Ladran a los vagabundos de paso, a los gatos despectivos, a la luna llena. Ladran cuando están contentos, cuando están nerviosos, cuando están enfadados. Generalmente de dÃa, pero también de noche.
-No digo que no, pero yo…
-Pero tú ¿qué? Tu eres un fenómeno, oye lo que te digo: un dÃa de estos saldrás en el periódico.
El perro no sabÃa cómo contestar a estas crÃticas. No sabÃa ladrar y no sabÃa qué hacer para aprender.
-Haz como yo -le dijo una vez un gallito que sentÃa pena por él. Y lanzó dos o tres sonoros kikirikÃ.
-Me parece difÃcil -dijo el perrito.
-¡Que va, es facilÃsimo! Escucha bien y fÃjate en mi pico. Vamos, mÃrame y procura imitarme.
El gallito lanzó otro kikirikÃ.
El perro intentó hacer lo mismo, pero sólo le salió de la boca un desmañado ‘keké’ que hizo salir huyendo aterrorizadas a las gallinas.
-No te preocupes -dijo el gallito-, para ser la primera vez está muy bien. Venga, vuélvelo a intentar.
El perrito volvió a intentarlo una vez, dos, tres. Lo intentaba todos los dÃas. Practicaba a escondidas, desde por la mañana hasta por la noche. A veces, para hacerlo con más libertad, se iba al bosque. Una mañana, precisamente cuando estaba en el bosque, consiguió lanzar un kikirikà tan auténtico, tan bonito y tan fuerte que la zorra lo oyó y se dijo: ‘Por fin el gallo ha venido a mi encuentro. Correré a darle las gracias por la visita…’ E inmediatamente se echó a correr, pero no olvidó llevarse el tenedor, el cuchillo y la servilleta porque para una zorra no hay comida más apetitosa que un buen gallo. Es lógico que le sentara mal ver en vez de un gallo al perro que, tumbado sobre su cola, lanzaba uno detrás de otros aquellos kikirikÃ.
-Ah -dijo la zorra-, conque esas tenemos, me has tendido una trampa.
-¿Una trampa?
-Desde luego. Me has hecho creer que habÃa un gallo perdido en el bosque y te has escondido para atraparme. Menos mal que te he visto a tiempo. Pero esto es una caza desleal. Normalmente los perros ladran para avisarme de que llegan los cazadores.
-Te aseguro que yo… Verás, no pensaba en absoluto en cazar. Vine para hacer ejercicios.
-¿Ejercicios? ¿De qué clase?
-Me ejercito para aprender a ladrar. Ya casi he aprendido, mira qué bien lo hago.
Y de nuevo un sonorÃsimo kikirikÃ.
La zorra creÃa que iba a reventar de risa. Se revolcaba por el suelo, se apretaba la barriga, se mordÃa los bigotes y la cola. Nuestro perrito se sintió tan mortificado que se marchó en silencio, con el hocico bajo y lágrimas en los ojos.
Por allà cerca habÃa un cuco. Vio pasar al perro y le dio pena.
-¿Qué te han hecho?
-Nada.
-Entonces ¿por qué estás tan triste?
-Pues… lo que pasa… es que no consigo ladrar. Nadie me enseña.
-Si es sólo por eso, yo te enseño. Escucha bien cómo hago y trata de hacerlo como yo: cucú… cucú… cucú… ¿lo has comprendido?
-Me parece fácil.
-FacilÃsimo. Yo sabÃa hacerlo hasta cuando era pequeño. Prueba: cucú… cucú…
-Cu… -hizo el perro-. Cu…
Ensayó aquel dÃa, ensayó al dÃa siguiente. Al cabo de una semana ya le salÃa bastante bien. Estaba muy contento y pensaba: ‘Por fin, por fin empiezo a ladrar de verdad. Ya no podrán volver a tomarme el pelo’.
Justamente en aquellos dÃas se levantó la veda. Llegaron al bosque muchos cazadores, también de esos que disparan a todo lo que oyen y ven. DispararÃan a un ruiseñor, sà que lo harÃan. Pasa un cazador de esos, oye salir de un matorral cucú… cucú…, apunta el fusil y -bang, bang- dispara dos tiros.
Por suerte los perdigones no alcanzaron al perro. Sólo le pasaron rozando las orejas, haciendo ziip ziip, como en los tebeos. El perro a todo correr. Pero estaba muy sorprendido: ‘Este cazador debe estar loco, disparar hasta a los perros que ladran…’
Mientras tanto el cazador buscaba al pájaro. Estaba convencido de que lo habÃa matado.
-Debe habérselo llevado ese perrucho, sa saber de dónde habrá salido -refunfuñaba. Y para desahogar su rabia disparó contra un ratoncillo que habÃa sacado la cabeza fuera de su madriguera, pero no le dio.
El perro corrÃa, corrÃa…
Primer final.
El perro corrÃa. Llegó a un prado en el que pacÃa tranquilamente una vaquita.
-¿Adónde corres?
-No sé.
-Entonces párate. Aquà hay una hierba estupenda.
-No es la hierba lo que me puede curar…
-¿Estás enfermo?
-Ya lo creo. No sé ladrar.
-¡Pero si es la cosa más fácil del mundo! Escúchame: muuu… muuu… muuu ¿No suena bien?
-No está mal. Pero no estoy seguro de que sea lo adecuado. Tú eres una vaca…
-Claro que soy una vaca.
-Yo no, yo soy un perro.
-Claro que eres un perro. ¿Y qué? No hay nada que impida que hables mi idioma.
-¡Qué idea! ¡Qué idea!
-¿Cuál?
-La que se me está ocurriendo en este momento. Aprenderé la forma de hablar de todos los animales y haré que me contraten en un circo. Tendré un exitazo, me haré rico y me casaré con la hija del rey. Del rey de los perros, se comprende.
-Bravo, qué buena idea. Entonces al trabajo. Escucha bien: muuu… muuu… muuu…
-Muuu… -hizo el perro.
Era un perro que no sabÃa ladrar, pero tenÃa un gran don para las lenguas.
Segundo final.
El perro corrÃa y corrÃa. Se encontró a un campesino.
-¿Dónde vas tan deprisa?
-Ni siquiera yo lo sé.
-Entonces ven a mi casa. Precisamente necesito un perro que me guarde el gallinero.
-Por mi irÃa, pero se lo advierto: no sé ladrar.
-Mejor. Los perros que ladran hacen huir a los ladrones. En cambio a ti no te oirán, se acercarán y podrás morderles, asà tendrán el castigo que se merecen.
-De acuerdo -dijo el perro.
Y asà fue cómo el perro que no sabÃa ladrar encontró un empleo, una cadena y una escudilla de sopa todos los dÃas.
Tercer final.
El perro corrÃa y corrÃa. De repente se detuvo. HabÃa oÃdo un sonido extraño. HacÃa guau guau. Guau guau.
-Esto me suena -pensó el perro-, sin embargo no consigo acordarme de cuál es la clase de animal que lo hace.
-Guau, guau.
-¿Será la jirafa? No, debe ser el cocodrilo. El cocodrilo es un animal feroz. Tendré que acercarme con cautela.
Deslizándose entre los arbustos el perrito se dirigió hacia la dirección de la que procedÃa aquel guau guau que, a saber por qué, hacÃa que le latiera tan fuerte el corazón bajo el pelo.
-Guau, guau.
-Vaya, otro perro.
Sabéis, era el perro de aquel cazador que habÃa disparado poco antes cuando oyó el cucú.
-Hola, perro.
-Hola, perro.
-¿SabrÃas explicarme lo que estás diciendo?
-¿Diciendo? Para tu conocimiento yo no digo, yo ladro.
-¿Ladras? ¿Sabes ladrar?
-Naturalmente. No pretenderás que barrite como un elefante o que ruja como un león.
-Entonces, ¿me enseñarás?
-¿No sabes ladrar?
-No.
-Mira y escucha bien. Se hace asÃ: guau, guau…
-Guau, guau -dijo en seguida nuestro perrito. Y, conmovido y feliz, pensaba para sus adentros: ‘Al fin encontré al maestro adecuado’.
Cuentos para jugar
Gianni Rodari
Ediciones Alfaguara.
ISBN: 84-204-3117-6