La penas y las alegrías, de los hermanos Grimm

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Foto: Chris J

Muchas veces me han preguntado cual es el límite de lo que puede contarse a un niño y mi respuesta es siempre la misma: “depende del niño”.

El otro día me preguntaron si creía que podría contársele a un niño un cuento relacionado con la violencia de género -respondí lo de siempre, claro- y recordé uno, muy poco conocido, de los hermanos Grimm titulado ‘Las penas y las alegrías’ y que está catalogado dentro de sus cuentos infantiles y del hogar.

¿Se le puede contar a un niño? Bueno, decídelo tú mismo:

“Érase una vez un sastre gruñón y pendenciero. Por buena y trabajadora que fuese su mujer, nunca acertaba a hacer las cosas a gusto de su marido. Siempre estaba él descontento, refunfuñando, riñéndole y pegándole. Al fin, su conducta llegó a conocimiento de la autoridad, la cual lo hizo detener y encerrar en la cárcel para que se enmendase.

Después de pasar una temporada a pan y agua, fue puesto en libertad, bajo promesa de que no volvería a maltratar a su mujer, sino que viviría en buen paz y armonía, compartiendo con ella las penas y las alegrías.

Durante un tiempo marcharon bien las cosas; pero luego volvió a sus maneras de siempre, mostrándose otra vez pendenciero y gruñón; y como no podía pegarle a causa de la orden daba por el juez, trataba de agarrarla por los cabellos y zarandearla. Escapaba entonces la mujer y salía corriendo al patio; más él la perseguía, armado de una regla de madera que utilizan a menudo los sastres; y arrojándole cuanto hallaba a mano. Si la acertaba, se echaba a reír; pero si la fallaba, todo eran improperios e insultos. Esta situación duró hasta que los vecinos intervinieron en favor de la esposa. El sastre hubo de comparecer de nuevo ante el tribunal, y se le recordó su promesa.

-Señores jueces -respondió-, he cumplido lo que prometí; no la he pegado, sino que he compartido con ella las alegrías.
-¿Cómo es eso -replicó el juez-, cuando hay otra vez tantas quejas contra ti?
-No la he pegado. Lo que ocurre es que, al verla tan guapa, quise peinarle el pelo con las manos, pero ella huía de mí, pues es muy maliciosa. Entonces yo corrí detrás para obligarla a cumplir con su obligación y recordarle sus deberes; y le tiraba cuanto tenía a mano. He compartido con ella las penas y las alegrías; pues cuando la acertaba, yo recibía gusto y ella pesadumbre; y si fallaba, la pesadumbre era para mí, y el gusto para ella.

Los jueces no se dieron por satisfechos con su respuesta y mandaron darle el castigo merecido”.

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