Archivo del mes de enero de 2007

Otro cuento: El gusanito

Sábado 20 de enero de 2007

gusanito

Foto: Lanpeduza

Este cuento me lo han narrado de mil maneras distintas y lo he leído de otras tantas maneras. He aquí una de ellas. Os presento el cuento de El Gusanito:

Un pequeño gusanito caminaba un día en dirección al sol. Muy cerca del camino se encontraba un saltamontes.
-¿Hacia dónde te diriges? -le preguntó. Sin dejar de caminar, la oruga contestó:
-Tuve un sueño anoche: soñé que desde la punta de la gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he decidido realizarlo.

Sorprendido, el saltamontes dijo mientras su amigo se alejaba:
-¡Debes estar loco!, ¿cómo podrás llegar hasta aquel lugar?, ¡Tu una simple oruga! Una piedra será una montaña, un pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera infranqueable.

Pero el gusanito ya estaba lejos y no lo escuchó, su diminuto cuerpo no dejó de moverse.
De pronto se oyó la voz de un escarabajo:
-¿Hacia dónde te diriges con tanto empeño?
Sudando ya, el gusanito le dijo jadeante:
-Tuve un sueño y deseo realizarlo, subir a esa montaña y desde ahí contemplar todo nuestro mundo.
El escarabajo no pudo soportar la risa, soltó la carcajada y luego dijo:
-Ni yo, con patas tan grandes, intentaría realizar algo tan ambicioso -y se quedó en el suelo tumbado de la risa mientras la oruga continuó su camino, habiendo avanzado ya unos cuantos centímetros.

Del mismo modo, la araña, el topo, la rana y la flor le aconsejaron a nuestro amigo a desistir.
-¡No lo lograrás jamás! -le dijeron, pero en su interior había un impulso que lo obligaba a seguir.

Ya agotado, sin fuerzas y a punto de morir, decidió parar a descansar y construir con su último esfuerzo un lugar donde pernoctar. “Estaré mejor”, fue lo último que dijo.

Al día siguiente, todos los animales del valle fueron a mirar por donde iba en su andar el gusanito, pero no pudieron encontrarlo. Sólo pudieron ver una concha dura, justo donde terminaban las huellas de su andar.

Todos pensaron que el gusanito había muerto y que aquella concha era su tumba, pero no pudieron encontrar a quien lo enterró.

Aquel lugar se convirtió en un lugar de visita y allí llevaban a los más jóvenes para decirles que ahí yacía el animal más loco del pueblo y que aquel era un monumento a la insensatez, ahí estaba un duro refugio, digno de uno que murió por querer realizar un sueño irrealizable.

Una mañana en la que el sol brillaba de una manera especial, todos los animales se congregaron en torno a aquello que se había convertido en una advertencia para los atrevidos. De pronto quedaron atónitos, aquella concha dura comenzó a quebrarse y con asombro vieron unos ojos y una antena que no podía ser la de la oruga que creían muerta, poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del impacto, fueron saliendo las hermosas alas arco iris de aquel impresionante ser que tenían frente a ellos: ¡una mariposa!

No hubo nada que decir, todos sabían lo que pasaría, se iría volando hasta la gran montaña y realizaría su sueño, el sueño por el que había vivido.

Cuentos zen

Jueves 18 de enero de 2007

zen

Foto: tv

El otro día, después de una de nuestras representaciones de teatro de marionetas, se me acercó un amigo al que hacía mucho tiempo que no veía. Como la obra que habíamos representado trataba sobre las leyendas y los cuentos africanos nuestra conversación giró en torno a los cuentos de diferentes lugares del mundo.

Cuando comenzamos a hablar de los cuentos japoneses, mi amigo me refirió un comentario habitual sobre los cuentos nipones:
-Son demasiado violentos.
-No -le respondí-debes tener en cuenta que la mayoría de ellos nacen en una sociedad de corte medieval. Su fondo puede parecer violento, pero muchos de ellos tratan precisamente de lo contrario: educar para la paz, pero desde una cultura medieval.

Quedé con mi amigo en que la pasaría un ejemplo de lo que afirmo por medio de un correo electrónico y ya que lo he tecleado, lo incluyo también en este blog, para reflexión mía, de mi amigo y de otros amigos que pasen por este lugar.

Se titula: Bokuden y sus tres hijos.

Bokuden, gran Maestro de sable, recibió un día la visita de un colega, experto también en dicho arte.

Con el fin de presentar a sus tres hijos a su amigo, y mostrar el nivel que habían alcanzado siguiendo sus enseñanzas, Bokuden preparó una pequeña estratagema: colocó un jarro sobre el borde de una puerta deslizante de manera que cayera sobre la cabeza de aquel que entrara en la habitación.

Tranquilamente sentado con su amigo, ambos frente a la puerta, Bokuden llamó a su hijo mayor. Cuando éste se encontró delante de la puerta, se detuvo en seco. Después de haberla entreabierto cogió el jarro antes de entrar. Entró cerró detrás de él, volvió a colocar el jarro sobre el borde de la puerta y saludó a los Maestros.
- Este es mi hijo mayor – dijo Bokuden sonriendo -, ya ha alcanzado un buen nivel y va camino de convertirse en Maestro.

A continuación llamó a su segundo hijo. Este deslizo la puerta y comenzó a entrar. Esquivando por los pelos el jarro que estuvo a punto de caerle sobre el cráneo, consiguió atraparlo al vuelo.
- Este es mi segundo hijo – explicó al invitado -, aún le queda un largo camino que recorrer.

El tercero entró precipitadamente y el jarro le cayó pesadamente sobre el cuello, pero antes de que tocara el suelo, desenvainó su sable y lo partió en dos.
- Y este – respondió el Maestro – es mi hijo menor. Es la vergüenza de la familia, pero aún es joven y tiene mucho que aprender.

La penas y las alegrías, de los hermanos Grimm

Lunes 15 de enero de 2007

chris-jones

Foto: Chris J

Muchas veces me han preguntado cual es el límite de lo que puede contarse a un niño y mi respuesta es siempre la misma: “depende del niño”.

El otro día me preguntaron si creía que podría contársele a un niño un cuento relacionado con la violencia de género -respondí lo de siempre, claro- y recordé uno, muy poco conocido, de los hermanos Grimm titulado ‘Las penas y las alegrías’ y que está catalogado dentro de sus cuentos infantiles y del hogar.

¿Se le puede contar a un niño? Bueno, decídelo tú mismo:

“Érase una vez un sastre gruñón y pendenciero. Por buena y trabajadora que fuese su mujer, nunca acertaba a hacer las cosas a gusto de su marido. Siempre estaba él descontento, refunfuñando, riñéndole y pegándole. Al fin, su conducta llegó a conocimiento de la autoridad, la cual lo hizo detener y encerrar en la cárcel para que se enmendase.

Después de pasar una temporada a pan y agua, fue puesto en libertad, bajo promesa de que no volvería a maltratar a su mujer, sino que viviría en buen paz y armonía, compartiendo con ella las penas y las alegrías.

Durante un tiempo marcharon bien las cosas; pero luego volvió a sus maneras de siempre, mostrándose otra vez pendenciero y gruñón; y como no podía pegarle a causa de la orden daba por el juez, trataba de agarrarla por los cabellos y zarandearla. Escapaba entonces la mujer y salía corriendo al patio; más él la perseguía, armado de una regla de madera que utilizan a menudo los sastres; y arrojándole cuanto hallaba a mano. Si la acertaba, se echaba a reír; pero si la fallaba, todo eran improperios e insultos. Esta situación duró hasta que los vecinos intervinieron en favor de la esposa. El sastre hubo de comparecer de nuevo ante el tribunal, y se le recordó su promesa.

-Señores jueces -respondió-, he cumplido lo que prometí; no la he pegado, sino que he compartido con ella las alegrías.
-¿Cómo es eso -replicó el juez-, cuando hay otra vez tantas quejas contra ti?
-No la he pegado. Lo que ocurre es que, al verla tan guapa, quise peinarle el pelo con las manos, pero ella huía de mí, pues es muy maliciosa. Entonces yo corrí detrás para obligarla a cumplir con su obligación y recordarle sus deberes; y le tiraba cuanto tenía a mano. He compartido con ella las penas y las alegrías; pues cuando la acertaba, yo recibía gusto y ella pesadumbre; y si fallaba, la pesadumbre era para mí, y el gusto para ella.

Los jueces no se dieron por satisfechos con su respuesta y mandaron darle el castigo merecido”.

Cuentos para jugar, de Gianni Rodari

Martes 9 de enero de 2007

cuentos-para-jugar

Gianni Rodari nació en Omegna, Piamonte en 1920. Maestro, periodista y divulgador de la nueva pedagogía en Italia, empezó a escribir para niños en 1950.

La obra que nos ocupa está compuesta por 20 cuentos y cada uno tiene tres finales, a escoger. La idea es que el lector lea, piense y si no encuentra un final a su gusto puede inventarlo, escribirlo o dibujarlo por sí mismo.

Como muestra, he escogido el titulado ‘El perro que no sabía ladrar’:

“Había una vez un perro que no sabía ladrar. No ladraba, no maullaba, no mugía, no relinchaba, no sabía decir nada. Era un perrillo solitario, a saber cómo había caído en una región sin perros. Por él no se habría dado cuenta de que le faltara algo. Los otros eran los que se lo hacían notar. Le decían:
-¿Pero tú no ladras?
-No sé… soy forastero…
-Vaya una contestación. ¿No sabes que los perros ladran?
-¿Para qué?
-Ladran porque son perros. Ladran a los vagabundos de paso, a los gatos despectivos, a la luna llena. Ladran cuando están contentos, cuando están nerviosos, cuando están enfadados. Generalmente de día, pero también de noche.
-No digo que no, pero yo…
-Pero tú ¿qué? Tu eres un fenómeno, oye lo que te digo: un día de estos saldrás en el periódico.

El perro no sabía cómo contestar a estas críticas. No sabía ladrar y no sabía qué hacer para aprender.
-Haz como yo -le dijo una vez un gallito que sentía pena por él. Y lanzó dos o tres sonoros kikirikí.
-Me parece difícil -dijo el perrito.
-¡Que va, es facilísimo! Escucha bien y fíjate en mi pico. Vamos, mírame y procura imitarme.
El gallito lanzó otro kikirikí.
El perro intentó hacer lo mismo, pero sólo le salió de la boca un desmañado ‘keké’ que hizo salir huyendo aterrorizadas a las gallinas.
-No te preocupes -dijo el gallito-, para ser la primera vez está muy bien. Venga, vuélvelo a intentar.

El perrito volvió a intentarlo una vez, dos, tres. Lo intentaba todos los días. Practicaba a escondidas, desde por la mañana hasta por la noche. A veces, para hacerlo con más libertad, se iba al bosque. Una mañana, precisamente cuando estaba en el bosque, consiguió lanzar un kikirikí tan auténtico, tan bonito y tan fuerte que la zorra lo oyó y se dijo: ‘Por fin el gallo ha venido a mi encuentro. Correré a darle las gracias por la visita…’ E inmediatamente se echó a correr, pero no olvidó llevarse el tenedor, el cuchillo y la servilleta porque para una zorra no hay comida más apetitosa que un buen gallo. Es lógico que le sentara mal ver en vez de un gallo al perro que, tumbado sobre su cola, lanzaba uno detrás de otros aquellos kikirikí.

-Ah -dijo la zorra-, conque esas tenemos, me has tendido una trampa.
-¿Una trampa?
-Desde luego. Me has hecho creer que había un gallo perdido en el bosque y te has escondido para atraparme. Menos mal que te he visto a tiempo. Pero esto es una caza desleal. Normalmente los perros ladran para avisarme de que llegan los cazadores.
-Te aseguro que yo… Verás, no pensaba en absoluto en cazar. Vine para hacer ejercicios.
-¿Ejercicios? ¿De qué clase?
-Me ejercito para aprender a ladrar. Ya casi he aprendido, mira qué bien lo hago.
Y de nuevo un sonorísimo kikirikí.
La zorra creía que iba a reventar de risa. Se revolcaba por el suelo, se apretaba la barriga, se mordía los bigotes y la cola. Nuestro perrito se sintió tan mortificado que se marchó en silencio, con el hocico bajo y lágrimas en los ojos.

Por allí cerca había un cuco. Vio pasar al perro y le dio pena.
-¿Qué te han hecho?
-Nada.
-Entonces ¿por qué estás tan triste?
-Pues… lo que pasa… es que no consigo ladrar. Nadie me enseña.
-Si es sólo por eso, yo te enseño. Escucha bien cómo hago y trata de hacerlo como yo: cucú… cucú… cucú… ¿lo has comprendido?
-Me parece fácil.
-Facilísimo. Yo sabía hacerlo hasta cuando era pequeño. Prueba: cucú… cucú…
-Cu… -hizo el perro-. Cu…

Ensayó aquel día, ensayó al día siguiente. Al cabo de una semana ya le salía bastante bien. Estaba muy contento y pensaba: ‘Por fin, por fin empiezo a ladrar de verdad. Ya no podrán volver a tomarme el pelo’.

Justamente en aquellos días se levantó la veda. Llegaron al bosque muchos cazadores, también de esos que disparan a todo lo que oyen y ven. Dispararían a un ruiseñor, sí que lo harían. Pasa un cazador de esos, oye salir de un matorral cucú… cucú…, apunta el fusil y -bang, bang- dispara dos tiros.

Por suerte los perdigones no alcanzaron al perro. Sólo le pasaron rozando las orejas, haciendo ziip ziip, como en los tebeos. El perro a todo correr. Pero estaba muy sorprendido: ‘Este cazador debe estar loco, disparar hasta a los perros que ladran…’

Mientras tanto el cazador buscaba al pájaro. Estaba convencido de que lo había matado.
-Debe habérselo llevado ese perrucho, sa saber de dónde habrá salido -refunfuñaba. Y para desahogar su rabia disparó contra un ratoncillo que había sacado la cabeza fuera de su madriguera, pero no le dio.

El perro corría, corría…

Primer final.

El perro corría. Llegó a un prado en el que pacía tranquilamente una vaquita.
-¿Adónde corres?
-No sé.
-Entonces párate. Aquí hay una hierba estupenda.
-No es la hierba lo que me puede curar…
-¿Estás enfermo?
-Ya lo creo. No sé ladrar.
-¡Pero si es la cosa más fácil del mundo! Escúchame: muuu… muuu… muuu ¿No suena bien?
-No está mal. Pero no estoy seguro de que sea lo adecuado. Tú eres una vaca…
-Claro que soy una vaca.
-Yo no, yo soy un perro.
-Claro que eres un perro. ¿Y qué? No hay nada que impida que hables mi idioma.
-¡Qué idea! ¡Qué idea!
-¿Cuál?
-La que se me está ocurriendo en este momento. Aprenderé la forma de hablar de todos los animales y haré que me contraten en un circo. Tendré un exitazo, me haré rico y me casaré con la hija del rey. Del rey de los perros, se comprende.
-Bravo, qué buena idea. Entonces al trabajo. Escucha bien: muuu… muuu… muuu…
-Muuu… -hizo el perro.
Era un perro que no sabía ladrar, pero tenía un gran don para las lenguas.

Segundo final.

El perro corría y corría. Se encontró a un campesino.
-¿Dónde vas tan deprisa?
-Ni siquiera yo lo sé.
-Entonces ven a mi casa. Precisamente necesito un perro que me guarde el gallinero.
-Por mi iría, pero se lo advierto: no sé ladrar.
-Mejor. Los perros que ladran hacen huir a los ladrones. En cambio a ti no te oirán, se acercarán y podrás morderles, así tendrán el castigo que se merecen.
-De acuerdo -dijo el perro.
Y así fue cómo el perro que no sabía ladrar encontró un empleo, una cadena y una escudilla de sopa todos los días.

Tercer final.

El perro corría y corría. De repente se detuvo. Había oído un sonido extraño. Hacía guau guau. Guau guau.
-Esto me suena -pensó el perro-, sin embargo no consigo acordarme de cuál es la clase de animal que lo hace.
-Guau, guau.
-¿Será la jirafa? No, debe ser el cocodrilo. El cocodrilo es un animal feroz. Tendré que acercarme con cautela.
Deslizándose entre los arbustos el perrito se dirigió hacia la dirección de la que procedía aquel guau guau que, a saber por qué, hacía que le latiera tan fuerte el corazón bajo el pelo.
-Guau, guau.
-Vaya, otro perro.
Sabéis, era el perro de aquel cazador que había disparado poco antes cuando oyó el cucú.
-Hola, perro.
-Hola, perro.
-¿Sabrías explicarme lo que estás diciendo?
-¿Diciendo? Para tu conocimiento yo no digo, yo ladro.
-¿Ladras? ¿Sabes ladrar?
-Naturalmente. No pretenderás que barrite como un elefante o que ruja como un león.
-Entonces, ¿me enseñarás?
-¿No sabes ladrar?
-No.
-Mira y escucha bien. Se hace así: guau, guau…
-Guau, guau -dijo en seguida nuestro perrito. Y, conmovido y feliz, pensaba para sus adentros: ‘Al fin encontré al maestro adecuado’.

Cuentos para jugar
Gianni Rodari
Ediciones Alfaguara.
ISBN: 84-204-3117-6

El teatro de la Selva en Catarroja

Sábado 6 de enero de 2007

catarroja-som-tots

El 27 de diciembre pasado hemos estado en Catarroja (Valencia) con nuestro espectáculo de teatro de marionetas El Teatro de la Selva

La representación de este espectáculo de teatro de títeres ha estado incluida dentro del proyecto denominado Catarroja somos todos.

Dentro del programa de mano nos comentan:

La Concejalía de Bienestar social pretende, con esta programación, generar conductas de tolerancia ante la diversidad, favorecer la educación en valores y el respeto a la identidad de todos los pueblos y fomentar la igualdad y la cooperación entre los ciudadanos y ciudadanas de Catarroja.

Una estupenda iniciativa en la que además se repartía un estuche con lápices de varios colores, con el que se pretende hacer más visible el hecho de que aunque cada uno pinta con un color diferente, todos son igualmente lápices.

Tú y yo podemos pensar de manera distinta, pero nos une la vida.