Historia de los títeres: del Clasicismo a la Edad Media (2)

Este es el Capítulo 2 iniciado en el Capítulo 1, como suele suceder, casi siempre.

La difusión del Cristianismo y su victoria sobre el paganismo adquiere una gran relevancia respecto a la sociedad y la cultura. En un primer momento, se produce un neto rechazo hacia las marionetas como reacción contra todo lo que recordaba la forma humana, en especial las numerosas estatuas de los dioses pertenecientes al culto antiguo, que por la pureza de sus formas se consideraban indecentes. Pero a continuación, en el periodo llamado de decadencia, los seguidores del Cristianismo demuestran, por el contrario, un gran interés hacia un tipo de entretenimiento que se dirige sobre todo al pueblo y, en especial, a los jóvenes.

Es interesante saber que los Padres de la Iglesia -es decir, quienes difunden la nueva religión a través de sus escritos-, mientras se ensañan ferozmente contra el teatro de actores en carne y hueso a causa del triunfo de la desvergüenza, alaban y aprecian el espectáculo de títeres, que consideran portador de valores morales además de sana diversión.

El Cristianismo, desde su difusión, había introducido algunos símbolos con los que identificar los objetos de culto y hacer comprensibles la enseñanzas de la nueva doctrina. Así, el pez simbolizaba a Jesucristo, ya que en griego las iniciales de ‘Jesucristo Hijo de Dios y Salvador’, formaban la palabra que significa pez. El pastor servía para representar la figura de Jesús, pastor de almas, y las ovejas, a los nuevos adeptos; el cordero indicaba la criatura destinada al sacrificio como Hijo de Dios; la palma, la espiga de trigo y el agua del arroyo eran símbolos de fe, gracia y vida eterna. Con la difusión cada vez más creciente de esta religión también la Iglesia que la predicaba tuvo necesidad de recurrir a las imágenes para poder instruir a la gente, a través de formas con gran potencia visiva, en las verdades de la nueva fe.

Se abandonaron los símbolos -incluso se decretó en un Concilio- y en los lugares de culto se introdujeron una vez más las estatuas; dado que era necesario aleccionar a la gente suscitando al mismo tiempo estupor y maravilla en la renovación del camino de la fe, se recurrió a la animación de las mismas. Así surgieron esculturas que representaban a Dios, la Virgen, Jesús, a santos y mártires que movían la cabeza, los brazos y los ojos, tradición que continuó a lo largo de los siglos y se difundió por toda Europa.

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