Archivo de la categoría 'Libros'

Maese Trotamundos por el camino de Don Quijote, de Javier Villafañe

Martes 21 de octubre de 2008

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Hoy lo he pasado leyendo este librito de Javier Villafañe. Y entre todos los capítulos, encendido como un arcoiris en medio de una tormenta, destaca este que transcribo, titulado ‘El maravilloso espectáculo’:

“Se abrió el telón y salió el anunciador. Caminó dos pasos, dio media vuelta y de espaldas al público anunció el espectáculo.

Se cerró el telón y volvió a abrirse. Salieron el Mono y el Elefante. El Mono y el Elefante hablaban en voz baja. Hacían pruebas escondidos detrás de las bambalinas.

Después salieron el Lagarto y el Nadador. Y el Nadador que debía ser tragado por el Lagarto, pasaba nadando por la boca del Lagarto y el Lagarto no quiso abrir la boca y comérselo como estaba anunciado en el programa. Cuando el Lagarto se comió al Nadador, el público no vio más que una cola dibujando eses. No vio los ojos del Lagarto, la muerte del Nadador. No vio después al Levantador de pesas cómo levantaba las pesas, vio los músculos de la espalda, los codos. Lo mismo ocurrió con la pruebas que hicieron la Trapecista, la Foca y el Oso.

Terminó la función y el público silbaba.

Un fotógrafo subió al escenario y vio a los titiriteros aplaudiendo.
-¿Qué pasó? -preguntó el fotógrafo.

Y uno de los titiriteros respondió:
-Fue una función que nos dieron las marionetas. Esto ocurre muy raras veces. Francamente fue un gran espectáculo, un maravilloso espectáculo.

El público silbaba. Los titiriteros seguían aplaudiendo. Las marionetas estaban inmóviles colgando de una viga”.

Maese Trotamundos por el camino de Don Quijote
Javier Villafañe
Seix Barral
ISBN: 84-322-4526-7

Diez obras para títeres, de Daniel Vilela

Lunes 20 de octubre de 2008

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Daniel Vilela es uno de los creadores en 1983 del Teatro de Títeres Clavileño y en este libro suyo presenta diez obras de títeres pensadas para representar con uno o dos manipuladores.

Pero veamos lo que Leopoldo Castilla no dice del libro en su Prólogo:

“Así como el bailarín en la India recorre, en cada gesto, en cada movimiento, un ritmo, una evolución del universo, el titiritero captura en cada instante, el quiebre, el pliegue, la torsión de ese ritmo, y ese movimiento es la farsa del movimiento, ese gesto, la farsa del gesto.

El diálogo a primera vista simple avanza como una grieta uniendo a la vez que divide a los personajes, una línea de crisis que se hace visible sólo en el escenario. Allí, y debido a esa vida propia que tienen los títeres, el parlamento más eficaz se desactiva. El texto no ha logrado entonces internalizarse en esa química sutil y a la vez disparatada que se produce en el teatro de muñecos.

De allí que sea muy difícil escribir obras para títeres sin ser titiritero. Este arte cuenta con una dramaturgia escasa debido a que -a fuer de precisos- es casi imposible dar como definitivo un texto sin haberlo prácticamente puesto en escena del todo. El teatro de títeres en movimiento reescribe la obra. Y la modifica continuamente”.

Diez obras para títeres
Daniel Vilela
Editorial Verbum
ISBN: 84-7962-111-7

Gratis el guión de El Patito Feo

Lunes 11 de febrero de 2008

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Hemos decido que nuestro guión para teatro de títeres de El Patito Feo pueda descargarse de manera gratuita desde Lulu.com

Si quieres conocer las razones que nos impulsan a ello, puedes leer la entrada que he escrito en Titerenet.

Saludos
;)

Cuentos para jugar, de Gianni Rodari

Martes 9 de enero de 2007

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Gianni Rodari nació en Omegna, Piamonte en 1920. Maestro, periodista y divulgador de la nueva pedagogía en Italia, empezó a escribir para niños en 1950.

La obra que nos ocupa está compuesta por 20 cuentos y cada uno tiene tres finales, a escoger. La idea es que el lector lea, piense y si no encuentra un final a su gusto puede inventarlo, escribirlo o dibujarlo por sí mismo.

Como muestra, he escogido el titulado ‘El perro que no sabía ladrar’:

“Había una vez un perro que no sabía ladrar. No ladraba, no maullaba, no mugía, no relinchaba, no sabía decir nada. Era un perrillo solitario, a saber cómo había caído en una región sin perros. Por él no se habría dado cuenta de que le faltara algo. Los otros eran los que se lo hacían notar. Le decían:
-¿Pero tú no ladras?
-No sé… soy forastero…
-Vaya una contestación. ¿No sabes que los perros ladran?
-¿Para qué?
-Ladran porque son perros. Ladran a los vagabundos de paso, a los gatos despectivos, a la luna llena. Ladran cuando están contentos, cuando están nerviosos, cuando están enfadados. Generalmente de día, pero también de noche.
-No digo que no, pero yo…
-Pero tú ¿qué? Tu eres un fenómeno, oye lo que te digo: un día de estos saldrás en el periódico.

El perro no sabía cómo contestar a estas críticas. No sabía ladrar y no sabía qué hacer para aprender.
-Haz como yo -le dijo una vez un gallito que sentía pena por él. Y lanzó dos o tres sonoros kikirikí.
-Me parece difícil -dijo el perrito.
-¡Que va, es facilísimo! Escucha bien y fíjate en mi pico. Vamos, mírame y procura imitarme.
El gallito lanzó otro kikirikí.
El perro intentó hacer lo mismo, pero sólo le salió de la boca un desmañado ‘keké’ que hizo salir huyendo aterrorizadas a las gallinas.
-No te preocupes -dijo el gallito-, para ser la primera vez está muy bien. Venga, vuélvelo a intentar.

El perrito volvió a intentarlo una vez, dos, tres. Lo intentaba todos los días. Practicaba a escondidas, desde por la mañana hasta por la noche. A veces, para hacerlo con más libertad, se iba al bosque. Una mañana, precisamente cuando estaba en el bosque, consiguió lanzar un kikirikí tan auténtico, tan bonito y tan fuerte que la zorra lo oyó y se dijo: ‘Por fin el gallo ha venido a mi encuentro. Correré a darle las gracias por la visita…’ E inmediatamente se echó a correr, pero no olvidó llevarse el tenedor, el cuchillo y la servilleta porque para una zorra no hay comida más apetitosa que un buen gallo. Es lógico que le sentara mal ver en vez de un gallo al perro que, tumbado sobre su cola, lanzaba uno detrás de otros aquellos kikirikí.

-Ah -dijo la zorra-, conque esas tenemos, me has tendido una trampa.
-¿Una trampa?
-Desde luego. Me has hecho creer que había un gallo perdido en el bosque y te has escondido para atraparme. Menos mal que te he visto a tiempo. Pero esto es una caza desleal. Normalmente los perros ladran para avisarme de que llegan los cazadores.
-Te aseguro que yo… Verás, no pensaba en absoluto en cazar. Vine para hacer ejercicios.
-¿Ejercicios? ¿De qué clase?
-Me ejercito para aprender a ladrar. Ya casi he aprendido, mira qué bien lo hago.
Y de nuevo un sonorísimo kikirikí.
La zorra creía que iba a reventar de risa. Se revolcaba por el suelo, se apretaba la barriga, se mordía los bigotes y la cola. Nuestro perrito se sintió tan mortificado que se marchó en silencio, con el hocico bajo y lágrimas en los ojos.

Por allí cerca había un cuco. Vio pasar al perro y le dio pena.
-¿Qué te han hecho?
-Nada.
-Entonces ¿por qué estás tan triste?
-Pues… lo que pasa… es que no consigo ladrar. Nadie me enseña.
-Si es sólo por eso, yo te enseño. Escucha bien cómo hago y trata de hacerlo como yo: cucú… cucú… cucú… ¿lo has comprendido?
-Me parece fácil.
-Facilísimo. Yo sabía hacerlo hasta cuando era pequeño. Prueba: cucú… cucú…
-Cu… -hizo el perro-. Cu…

Ensayó aquel día, ensayó al día siguiente. Al cabo de una semana ya le salía bastante bien. Estaba muy contento y pensaba: ‘Por fin, por fin empiezo a ladrar de verdad. Ya no podrán volver a tomarme el pelo’.

Justamente en aquellos días se levantó la veda. Llegaron al bosque muchos cazadores, también de esos que disparan a todo lo que oyen y ven. Dispararían a un ruiseñor, sí que lo harían. Pasa un cazador de esos, oye salir de un matorral cucú… cucú…, apunta el fusil y -bang, bang- dispara dos tiros.

Por suerte los perdigones no alcanzaron al perro. Sólo le pasaron rozando las orejas, haciendo ziip ziip, como en los tebeos. El perro a todo correr. Pero estaba muy sorprendido: ‘Este cazador debe estar loco, disparar hasta a los perros que ladran…’

Mientras tanto el cazador buscaba al pájaro. Estaba convencido de que lo había matado.
-Debe habérselo llevado ese perrucho, sa saber de dónde habrá salido -refunfuñaba. Y para desahogar su rabia disparó contra un ratoncillo que había sacado la cabeza fuera de su madriguera, pero no le dio.

El perro corría, corría…

Primer final.

El perro corría. Llegó a un prado en el que pacía tranquilamente una vaquita.
-¿Adónde corres?
-No sé.
-Entonces párate. Aquí hay una hierba estupenda.
-No es la hierba lo que me puede curar…
-¿Estás enfermo?
-Ya lo creo. No sé ladrar.
-¡Pero si es la cosa más fácil del mundo! Escúchame: muuu… muuu… muuu ¿No suena bien?
-No está mal. Pero no estoy seguro de que sea lo adecuado. Tú eres una vaca…
-Claro que soy una vaca.
-Yo no, yo soy un perro.
-Claro que eres un perro. ¿Y qué? No hay nada que impida que hables mi idioma.
-¡Qué idea! ¡Qué idea!
-¿Cuál?
-La que se me está ocurriendo en este momento. Aprenderé la forma de hablar de todos los animales y haré que me contraten en un circo. Tendré un exitazo, me haré rico y me casaré con la hija del rey. Del rey de los perros, se comprende.
-Bravo, qué buena idea. Entonces al trabajo. Escucha bien: muuu… muuu… muuu…
-Muuu… -hizo el perro.
Era un perro que no sabía ladrar, pero tenía un gran don para las lenguas.

Segundo final.

El perro corría y corría. Se encontró a un campesino.
-¿Dónde vas tan deprisa?
-Ni siquiera yo lo sé.
-Entonces ven a mi casa. Precisamente necesito un perro que me guarde el gallinero.
-Por mi iría, pero se lo advierto: no sé ladrar.
-Mejor. Los perros que ladran hacen huir a los ladrones. En cambio a ti no te oirán, se acercarán y podrás morderles, así tendrán el castigo que se merecen.
-De acuerdo -dijo el perro.
Y así fue cómo el perro que no sabía ladrar encontró un empleo, una cadena y una escudilla de sopa todos los días.

Tercer final.

El perro corría y corría. De repente se detuvo. Había oído un sonido extraño. Hacía guau guau. Guau guau.
-Esto me suena -pensó el perro-, sin embargo no consigo acordarme de cuál es la clase de animal que lo hace.
-Guau, guau.
-¿Será la jirafa? No, debe ser el cocodrilo. El cocodrilo es un animal feroz. Tendré que acercarme con cautela.
Deslizándose entre los arbustos el perrito se dirigió hacia la dirección de la que procedía aquel guau guau que, a saber por qué, hacía que le latiera tan fuerte el corazón bajo el pelo.
-Guau, guau.
-Vaya, otro perro.
Sabéis, era el perro de aquel cazador que había disparado poco antes cuando oyó el cucú.
-Hola, perro.
-Hola, perro.
-¿Sabrías explicarme lo que estás diciendo?
-¿Diciendo? Para tu conocimiento yo no digo, yo ladro.
-¿Ladras? ¿Sabes ladrar?
-Naturalmente. No pretenderás que barrite como un elefante o que ruja como un león.
-Entonces, ¿me enseñarás?
-¿No sabes ladrar?
-No.
-Mira y escucha bien. Se hace así: guau, guau…
-Guau, guau -dijo en seguida nuestro perrito. Y, conmovido y feliz, pensaba para sus adentros: ‘Al fin encontré al maestro adecuado’.

Cuentos para jugar
Gianni Rodari
Ediciones Alfaguara.
ISBN: 84-204-3117-6

Leyendas africanas, de Tchicaya U Tam’si

Viernes 15 de diciembre de 2006

leyendas-africanas

Son muchos los libros que leímos cuando estábamos creando El Teatro de la Selva. Libros que nos fueron aproximando al encanto de las leyendas africanas.

Este libro de Tchicaya U Tam’si fue el que más nos acercó a la magia que queríamos crear en la escena sobre el continente africano.

Es un libro maravilloso, de verdad puedo decirlo.

Aquí te dejo algunas líneas de la Introducción del libro, que reflejan bien el carácter de las leyendas africanas:

“No me cuesta recordar las veladas de la infancia que fueron de hecho la primera escuela que haya frecuentado. Las leyendas enseñan a ser valiente, los cuentos a comportarse mejor, las adivinanzas y los proverbios a saber sostener una conversación -aunque sólo en cierta medida-. En efecto, es bajo el árbol de las palabras -ceiba y mango- donde se aprende el resto: el gran saber -jurisprudencia y retórica, incluso política-. Mi memoria no embellece nada; no hay más que escuchar…

¿Cómo empieza una velada? Esta noche iremos a la velada en casa de Fulano. Cada uno aporta lo que puede. Éste trae una corteza; dice: “Todavía tiene un poco de resina, pero metedla en el fuego, veréis cómo aligera el aire pesado que se respira esta noche”. Aquél trae consigo unas ramitas que, dice, son lo mejor que aviva el fuego, y en seguida improvisa la maravillosa leyenda de aquellas ramitas. En pocas palabras, todo el mundo está allí.

Ocurre a veces que una sola persona relata y las demás escuchan, puntualizando con exclamaciones, cuando el narrador así lo pide, para estar seguro de que se le escucha. Pero hay que añadir que sólo se atiende a un maestro de la palabra, no necesariamente a un mago de la palabra. A un maestro de la palabra, además, cuya inventiva verbal sea tal que no tenga necesidad de que le apunten, ¡sino tan sólo de un coro o de la presencia de otros para mantener vivo el ritmo de su recreación!

¿Quién puede jactarse de ser el autor de tal leyenda o tal otra? ¡Son necesarias todas las memorias para que las leyendas nazcan y vivan! Las variantes no aparecen tan sólo por pérdidas de memoria que rellenan los agujeros que pueden; las variantes pueden aparecer por la inversión del sexo de los protagonistas, por el cambio de papeles asignados a los secundarios. Es así como se multiplican los ciclos.”

Y así, recreando el ciclo de un grupo de leyendas de África, nació la historia de El Teatro de la Selva. Nació en África, evolucionó en Madrid y ahora vuelve al gran círculo abierto por los espectadores en cualquier escenario en el que estemos.

Con nuestra obra de teatro, hemos querido alcanzar el mismo objetivo que Tchicaya U Tam’si con su libro “mostrar que remontando el camino de la leyenda es posible alcanzar las fuentes puras y frescas de la cultura tradicional”.

Leyendas africanas.
Tchicaya U Tam’si.
José J. de Olañeta, Editor
ISBN: 84-85354-22-1